Antonio Tabares Gallardo: el pintor que no vende ilusiones
En un taller donde el mar respira cerca y los pájaros cantan al amanecer, Antonio Tabares Gallardo pinta contra la decoración. No le interesan los cuadros que todos tienen en casa, ni las imágenes que se repiten como espejos vacíos. “De este pintorío de violencia”, dice, “surgen obras que no dicen nada”. Y eso lo cansa. Trabajó años en lo figurativo, hasta que se hartó. Hoy, interrumpe la imagen, la desestabiliza, la rompe con triángulos, franjas, colores que se funden en grises vibrantes. No busca complacer; busca perturbar, hacer que el ojo se detenga, que la mente se pregunte.
Su obra, casi siempre sin título, lleva nombres como Confusiones. No es una broma. Es una declaración: para quien mira sin formación artística, sus trazos pueden parecer caóticos, ocurrencias de alguien que “no sabe pintar”. Pero ese es precisamente el punto. El arte, para él, no es una certeza visual, sino una pregunta en movimiento. “Estoy en búsqueda”, reconoce. Y aunque ya ha expuesto en Tijuana, Acapulco y hasta España, no se siente cómodo llamándose artista. “Ni siquiera estoy en el 1%”, dice, con una humildad que no es falsa, sino honesta.
Lo que lo mueve no es el mercado, ni la fama, ni las galerías que exigen repetición. Cada pieza es única, intransferible. “No lo repetiría aunque me pagaran”, afirma. Le pone nombre —Confusiones 3, por ejemplo— y lo deja ir, como una carta enviada al mundo sin esperar respuesta. Porque para él, el arte no se vende como mercancía. Se entrega, como un acto de fe. Y si se deteriora por la humedad costera —algo que le ha pasado más de una vez—, lo rescata con barniz, con paciencia, con amor. Su taller es un refugio, no un negocio.
Su lenguaje no es cubismo, ni abstracción académica. Es cuántico. Busca plasmar lo invisible: átomos, realidades alternas, el tiempo que se dilata entre lo que vemos y lo que es. “La materia no es sólida”, dice, “es energía en movimiento”. Pintar un bote de acrílico amarillo no le interesa; prefiere descomponerlo en geometrías caprichosas, en colores que se enfrentan —azules y naranjas, rojos enfriados con violeta—, y que, aun así, siguen siendo ese frasco, esa emoción, ese instante. La técnica no es su fin, sino su herramienta: se puede pintar con los pies, con la lengua, si con ello logra decir algo que trascienda.
No admira modelos, pero sí caminos: Gerhard Richter, que nunca se estacionó en un estilo; Rothko, cuya sensibilidad lo fascina, aunque su obra no se parece a la suya. Él aprendió solo, sí, pero no autodidacta: “Cuando ves una obra en un museo y te conmueve, ese artista te está enseñando”. Su proceso es espontáneo: inicia con líneas libres, luego les da forma, luz, color. Las figuras nacen en el momento, y después se vuelven valiosas, porque desde ahí comienza a resolver el cuadro. Cada obra es un poema pintado, no una copia.
Vive con poco, en silencio, rodeado de aves y brisa. No tolera el ruido de la ciudad, ni los encargos que le dictan qué pintar. “Tiene que ser de mi mente”, insiste. Lee a Borges, escucha música, consume teoría del arte, pero sobre todo, se nutre de la quietud. Para él, el arte no es una profesión, sino una revelación: como decía Heidegger, debe develar una verdad. Y su verdad, en cada lienzo, es esta: lo que vemos no es lo que es. Pero cuando lo miramos con atención, puede cambiar algo en nosotros. Eso, más que la técnica o el color, es lo que queda.
