La vida de Cervantes ha sido y seguirá siendo un contar incesante: contar arrobas y fanegas, contar vecinos y deudas, contar maravedíes y sacos, contar embustes y contar con otros. Nada debería hacer pensar que se quedó sin tiempo para escribir historias, escucharlas de otros, pensarlas mientras cabalgaba de un sitio a otro y dormía una y otra vez en ventas, casas ajenas, posadas y lugares improvisados. Así se enteraba de las mil y una maneras en que la gente sobrevivía, pasaba el rato, lo engañaba, lo entretenía e incluso, podía matarlo.
Dentro de Cervantes, el autor del Quijote no emergió hasta el tiempo de descuento, ya al borde de la consunción física y la ausencia de expectativas vitales para la época. A los 50 años, solo le quedaba el retiro y la melancolía, el desengaño por lo hecho o lo no hecho, lo logrado o lo frustrado.
La excepcionalidad de Cervantes: soldado, fugitivo y escritor
La personalidad moral y emocional de Cervantes encuentra en ese tramo biográfico un motivo más para convencer al lector más escéptico de su excepcionalidad. Esa misma que se desprende de los testimonios directos de su experiencia como soldado con coraje y convicción; la misma que destilan los abrumadores testimonios sobre su terquedad de fugitivo en Argel, organizando una y otra vez fugas saboteadas con riesgo de su vida; e incluso esa misma personalidad que se percibe en el duelo a espada que, diez años y la amputación de la mano derecha cuando tenía 20 años. Era un hombre de arranques y espada caliente.
El renacer literario tras la adversidad
La rebeldía ante la expectativa de abandonar o dejar de escribir, la insumisión ante un mundo que se desvanecía a ojos vista tras la muerte de Felipe II en 1598, la muerte de la mayoría de sus amigos de juventud, e incluso la muerte de sus expectativas como autor teatral en un contexto dominado feliz y pletóricamente por el invento revolucionario de Lope de Vega y la comedia nueva.
Nada de eso le afectaba ya a Cervantes, o en ninguno de esos fenómenos debería haber hallado el estímulo o la chispa para resucitar en vida como el "semidifunto" que sería casi enseguida, según él mismo. Pero resucita, y lo hace del modo más inesperado y explosivo hacia ese final de siglo, en torno a 1600. En ese momento, casi nadie esperaba nada ya de un autor desaparecido del mapa literario hacía al menos diez años, y que había pasado meses y meses recolectando alimentos para las tropas que conquistarían Inglaterra, aunque tampoco nada de esto salió bien (para desesperación sentida de Cervantes, quien escribió dos depresivas canciones a la derrota de la Armada contra los ingleses y contra Drake).
Ese es el laboratorio que engendra a un escritor inimaginable a la vista de La Galatea o del primer teatro de los años ochenta, dedicado a la propaganda política en favor del Imperio y el cristianismo. Pero ya no, o ya no solo eso, después de la vivencia intensa y turbadora de la vida cotidiana en Andalucía, y Sevilla en particular. Esa realidad pateada y exprimida a diario ofreció a su intimidad una pletórica experiencia de la pluralidad de lo real que empezaría a llenar a borbotones sus relatos y sus cuentos, quizá también su teatro y, sobre todo, sus narraciones.
Cervantes se instala desde finales de siglo en el placer desatado de la recreación novelesca de la condición humana, porque nada es solo de una vez. La ironía comienza a ser algo más que un mero recurso humorístico y cobra valor de estructura de pensamiento (y narración).
Lo hace en el formato breve, itinerante, caprichoso y radiantemente coloquial de cuentos genuinamente nuevos sobre perros que hablan sin parar, sobre golfos que no dejan de hablar o sobre un quebradizo chalado que se cree de cristal (y tampoco deja de hablar).
No renuncia a seguir experimentando y ensaya por su cuenta otra cosa más atrevida y extravagante: hacer hablar a un loco de atar que deja de ser solo loco de atar, y prolongar ese relato más allá del cuento breve. De modo que en su historia quepa la literatura inspirada en la experiencia cotidiana, pero también quepa la alta literatura novelesca, aventurera y sentimental que sigue gustándole sin reservas, a él y a las muchas mujeres que leen y, sobre todo, escuchan su literatura. Así se inventa la novela moderna.
